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Secundino Rivera
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Textos

De la vocación

Allá
en la niñez,
en tiempos de postguerra
en el Puerto de El Barquero,
teníamos el único maestro de escuela
que llegaba y se iba en una moto
casi sin impartir clases.
Nos dejaba dibujando a todos.
Esta situación me llevaba a copiar estampas japonesas con mucha dedicación
así como a admirar a Velázquez,
a Murillo, a Goya, a El Greco,
insertos en aquellos libros de texto.

Este trajín de todos los días
fue algo que influyó en mí
durante mi etapa escolar,
en la que aprendía yo rápidamente.
Entre otras cosas, aquel poema de Espronceda,
La Canción del Pirata,
así como encontrar resultados a problemas aritméticos.
Después tuvimos otros maestros
con los cuales se podía aprender
de modo distinto y más concreto.

Festival I (Linografía) Festival I (Linografía)

Del dormir y de los sueños

A los trece años
tuve que dejar,
muy contrariado
la escuela,
pues mi deseo era estudiar.
Enseñado por mi tía Manola,
que era buena cocinera,
empecé este oficio haciéndole la comida
a unos obreros de un aserradero.
Estos comienzos fueron duros,
pero se necesitaba dinero para subsistir
y yo era el mayor de mis hermanos Pepe y Claudio.
Estuve en eso un tiempo no muy largo
después del cual terminé trabajando en la misma fábrica.
Vivíamos en casa de Benigna,
mi abuela materna,
a quien tanto yo quería.
La casa pasó a ser de mi tía
y ella trabajó al lado de mi madre
toda su vida
para nosotros.
Así que sin nuestro padre,
José Rivera,
quien fuera fusilado cuando yo contaba sólo cinco años,
la vida era poco menos que imposible.

Mi padre dejó un vacío que ha persistido siempre.

Dentro de los sueños
había uno
y era el de superar aquella situación tan difícil.

Un día
compré mi primer libro
acorde a mis inclinaciones:
era un tratado de la pintura decorativa;
me di cuenta que mi mente no era ya la misma,
me costaba asimilar debido a la falta de gimnasia cerebral
y fue un tiempo largo:
me había invadido la pereza,
uno de los siete pecados capitales.

De esta etapa de trabajo
recuerdo que en el tiempo de descanso,
con un compañero,
nos divertíamos mucho.
Era muy ingenioso.
Un día nos pusimos a escribir una novela,
muy divertida.
No tuvo continuidad: obra única.

De la libertad y el trabajo

Para librarme del servicio militar lo antes posible,
me alisté en la Armada.
Así,
a los diecinueve años me fui por primera vez de casa.
Una vez allí
hice el intento de embarcarme en el Juan Sebastián Elcano
que viajaba por el mundo.
Por mi mente pasaba convertirme en desertor,
sin embargo me pasé casi dos años embarcado en el viejo destructor José Luis Díez,
anclado
en El Ferrol del Caudillo.
El maltrato a los subordinados era impresionante,
así que cuando me licenciaron
para mi fue una fiesta.

De nuevo en casa me sentía feliz,
pero la idea de marcharme persistía
y para el año 55
me vine a Venezuela
con dinero prestado que consiguió mi madre.
Viajé en las bodegas de un barco italiano Il Auriga
y me di cuenta enseguida de lo que dejaba atrás:
familia,
amigos
y muchas vivencias.

Sentí de nuevo un vacío que no podía llenar con nada:
la nostalgia era indescriptible.

Reflejo de un pensamiento, 1987 (Óleo sobre tela) Reflejo de un pensamiento, 1987 (Óleo sobre tela)

Empecé una vida nueva en Venezuela,
respiré,
al menos,
aires de libertad
a pesar de la dictadura.
La situación política era mala,
se sentía una atmósfera enrarecida,
pero la situación en España,
desde mi óptica,
era mucho más dura y brutal.

Aquellos comienzos no eran nada fáciles.
Los primeros tres meses
contraje algunas deudas, pues los trabajos eran escasos.
Luego conseguí empleo en Caracas
haciendo de todo en el Hotel Colón,
situado en las esquinas de Viento a Muerto.

Aquella nomenclatura de las esquinas
siempre me ha llamado la atención.
La ciudad nueva la ha perdido,
dando paso a términos esnobistas
olvidando el pasado.

En aquel hotel,
aquel caserón colonial de grandes habitaciones
y patios interiores convertidos también en dormitorios,
había mucha gente.
Recuerdo en la cocina gran cantidad de espaguetis ya cocinados
que la cocinera calentaba
rápidamente en la escudilla
a medida que llegaban los comensales.
Después de pagar mis deudas acumuladas
me convertí en huésped.
Uno de los trabajos que conseguí
fue pintar los grandes espacios de la Barbería Washington
en la Plaza Bolívar.
Debía empezar un sábado al mediodía y entregarlo terminado el lunes por la mañana,
de modo que trabajé horas y horas sin dormir,
pero me gané un dinero que me hacía falta.
Así,
terminado el trabajo,
dormí continuadamente día y medio.
Fui superándome
paso a paso
para convertirme en pintor de carteles.
El dueño del hotel me encargó uno para la fachada,
que hice con gran dedicación.
El decorador residenciado allí,
Juan Panyella,
me felicitó y me llevó a trabajar en las Tiendas Vam
dónde él manejaba el taller de decoración.
Más adelante tuvimos uno juntos, del que al poco tiempo me retiré.
Luego instalé el mío propio
en lo que era el sótano del viejo Cine Las Palmas.
Entre otras cosas, hice serigrafía,
lo que me sirvió para ser el primero en imprimir carteles
para los taxis y "por puestos" de Caracas,
con lo cual les ahorré el andar gritando sus rutas por las calles.

Durante este tiempo
conocí a los pintores españoles Pilar Aranda y Francisco San José,
mi primer maestro de pintura.
Era un hombre muy sensible,
de mucha cultura,
fundador con Benjamín Palencia
de la Escuela de Vallecas o de Madrid.
Con él tuve los primeros conocimientos del número áureo y me inició en muchos otros.
Recuerdo que pinté mi primer desnudo en su taller.
Al terminarlo se dio la vuelta y dijo:
"¡No puede ser!"

Me convertí en su compañero,
e íbamos a pintar juntos al aire libre.
En esta época pinté mucho,
envuelto en una libertad universal,
llena de música,
que creo nunca perdí.
Para mi ha sido este hombre
entrañable y fundamental.

Paralelamente,
asistía al Taller Libre de Arte
en donde estudiaba Dibujo y Escultura.

Así llegué al año 1966.
Me fui a Francia por mi cuenta
y me instalé en París.
Con la ayuda de mi amiga Claudine Frachet y su hermana Maggy.
Viví en una boardilla de la misma familia.

Allí estuve seis años.

Maternidad II (Bronce) Maternidad II (Bronce)

Estudié un poco de francés.
Me inscribí en el Museo del Louvre como copista.
En la Escuela de la Ville trabajaba el dibujo y la escultura
y en la Escuela de Bellas Artes completaba mis estudios.

La tarea no era pequeña.

En el Museo empecé copiando La Virgen de las Rocas,
de Leonardo da Vinci
al tiempo que estudiaba su Tratado de la Pintura.
A los dos años de trabajo,
viendo como filmaban un cortometraje con fuertes lámparas,
recibí una lección:
pude ver que su cuadro era transparente hasta el infinito.
El mío, opaco, no pasaba de la superficie.

Saqué fuerzas para copiar a continuación la Kermesse de Rubens
con sus colores
y sus casi cien personajes
en un ambiente festivo.

Allí en el Louvre pude ver muchas obras,
dibujos originales de Leonardo y Miguel Ángel.

Pasé ese tiempo sumido en este enriquecedor ambiente.

De la vida y sus enseñanzas

En París vivía casi sin nada,
sorprendido yo mismo de lo poco que era necesario para subsistir.

Prefería yo esta situación y no trabajar en otra cosa.

En la Escuela de Bellas Artes estudiaba técnicas de la pintura
y de la elaboración de colores al óleo.
Aprendía también dibujo y anatomía con un amigo holandés.
En aquellas calles encontrábamos alguna vez una gato recién muerto;
lo diseccionábamos por la noche
y a eso de las cuatro de la mañana
la habitación apestaba.
No aprendíamos mucho con esta tarea,
aún así nos emocionábamos
y ello nos inducía a hablar y estudiar a los grandes anatomistas.

A las escuelas de la Ville de París asistía de noche,
en dónde estudiaba escultura,
dibujo,
geometría
y, también, arquitectura.

Hacía viajes intermitentes a España para estar con mi familia.
En Madrid, paso obligado por el Museo del Prado,
me encontré a un amigo que conociera en Caracas.
Él se dedicaba a comprar chatarra y trapos viejos con otro socio.
Atraído
yo formé parte de la sociedad unas semanas.
En pueblos de Castilla,
a dónde íbamos a comprar
para vender luego en Madrid,
se vivía como en la Edad Media.
Las vivencias eran increíbles.
Siempre echo de menos no haber estado más tiempo en esto,
pues también era libertad.

Regresé a Caracas dejando otra vez atrás muchos amigos que están allí todavía.
De nuevo me fui acomodando,
haciendo lo que ha sido y es mi taller durante mucho tiempo.
Tuve una Escuela de Pintura y Dibujo
hasta que un día renuncié a ella,
pues algunos de mis alumnos no tenían interés en el arte,
sino en resolver sus problemas a través de un entretenimiento
y yo estaba en medio.
Siempre me pareció que la mejor manera de enseñar algo es con el ejemplo
ya que nunca he creído en profesores que hablan mucho y demuestran poco.
Eran escasos los alumnos que estaban dispuestos
al sacrificio que el aprendizaje significa,
lo que para mi suponía una inútil pérdida de tiempo
tan necesario para mi propio desarrollo.

Dejé la escuela, tomé el riesgo de vivir de mi arte y no me arrepiento.

Andando el tiempo
instalé un taller de fundición en bronce
con la pretensión de fundir mis propias esculturas,
pero cometí un error:
de pronto me vi trabajando para gente que con su dinero
querían fundir piezas hechas a veces por sus profesores.
Me vi prisionero de las circunstancias y de mi mismo.
Terminé trabajando para mis propios ayudantes.
Por mi mente pasó la idea de cerrar la puerta,
pero no era fácil,
pues había muchos compromisos adquiridos.

El ejercicio de paciencia
sobrepasaba al de otras oportunidades de la vida.
La sentencia de cerrar o vender estaba echada.

En este taller bien instalado
teníamos un perrito muy valiente y cariñoso.
Se enfermó de moquillo y el veterinario no pudo salvarlo.
Después de ponerle flores en su tumba al lado del taller, me dije:
"¡Este es, quizás, el principio del fin!"

Con María Ruiz,
mi flamante esposa venezolana,
trabajando solos
pudimos cumplir con los compromisos.
Por fin cerramos la puerta y nos fuimos de viaje a España
para que conociera a mi madre
y demás familiares.

Al volver no pude vender aquel montaje.
Entonces me propuse desmantelar el taller.
Pensé que perder
era ganar
y así fue.

Lo que costaba cien lo vendí en cincuenta.
Concluida esta labor me sentí libre de un peso muy grande.
Volver a tener mi tiempo para mi arte
era otra enseñanza recibida.

¡De cuántos errores están llenos los caminos de la vida!,
que son como las arterias de un cuerpo complejo
por dónde circulan los aciertos y los errores
que sirven de experiencia,
pues en el arte es fundamental saber qué es lo que no hay que hacer.

A partir de 1972,
nuevamente residenciado en Caracas,
viajé a Europa con alguna frecuencia.
Volvía a Francia y España.
Conocí Roma, Florencia, Orvieto, Arezzo y Siena,
de dónde salieron aquellos artistas creadores de imposibles
haciendo obras gigantescas en una sola vida.

Conozco gran parte de Venezuela,
he pintado sus paisajes
que son gran parte de mi pintura.

A veces,
pintando al aire libre se reciben enseñanzas.
En cierta ocasión pintando un cuadro grande
la gente se paraba a preguntarme qué estaba haciendo.
Me incomodaba esta situación pues era uno tras otro.
De pronto
vi que se acercaba un hombre con una perrita;
me sorprendió,
no venía a interesarse por mi trabajo,
sino a contarme emocionado cuántos cachorros había tenido hacía unos días.
Le escuché con gusto,
mi presunción era un acto de soberbia
y me hizo pensar que todos tenemos nuestros perros.
No importa quien sea la persona,
en cualquier instante podemos recibir una lección.

Me siento gallego siempre,
pero a Venezuela
le debo una parte de mi superación
como artista y como hombre.
Ahora
María y yo
tenemos una hermosa niña
que ella quiso llamar Marian Amelia,
en honor a mi madre.
Mi hija pronto cumplirá dos años,
pinta por las paredes lo que quiere
y le gusta tocar la arcilla.
Esto es bueno para la imaginación,
aspiro para ella la libertad frente a si misma
envuelta ya en este torbellino que es la vida y su poesía,
lo cual es para mi la esencia de los sentimientos.

También las cosas tienen destino

En cierta ocasión
participé en un concurso
del Museo de Bellas Artes de Caracas.
La obra Apocalipsis,
de 1,5 x 2,5 metros,
fue rechazada por los jurados de siempre.
De regreso al taller
después de pasar por uno de los puentes elevados de la ciudad,
el cuadro se voló como a cincuenta metros.
Al parar el transporte me bajé rápidamente
y vi que los automovilistas
se detenían en la parte más alta.
Creí que estaban esquivando el cuadro,
lo que agradecía de antemano.

Ya bastante cerca no vi nada,
pero oí una voz que me dijo:
"¡Allá está!"
Me di vuelta
y para mi sorpresa
se había posado en un árbol
casi vertical,
casi horizontal
a la altura de los ojos de los automovilistas que coronaban el elevado.

Había elegido de entre muchos millones de posibilidades,
una;
buscó su sitio de exhibición:
el museo no le hacía falta de momento.

El estado anímico y el arte

Para mi
en arte
la Naturaleza es fundamental.

Siempre partimos de la nada
para crear,
pero al mismo tiempo
es algo,
una energía que surge.

Todo lo que existe
al mismo tiempo no es
como si de la noche y del misterio nacieran la luz y sus colores
para mostrarnos lo que somos y no somos.

La emoción de la pintura
está en que a través de los colores
surgen las formas de las cosas,
son ellos el alma de un cuadro.

El dibujo dispone de la abstracción como la pintura,
pero se sustentan las formas en la Geometría,
de manera que se va armando un mundo lineal
que une unas cosas con otras
creando proporciones inesperadas
en comunión con uno mismo.

Considero que las mejores obras
son las que fluyen.
En éstas el artista deja su esencia.
Las que se resisten
no tienen el mismo contenido.

El tema
es,
a veces,
el aliento que pone en movimiento una obra:
ésta es una de las partes anímicas.

Mis temas han sido variables.

Todo está para mi en el Universo.
Pintarlo,
dibujarlo
o esculpirlo
es como el sueño del arte.
Este torbellino que nos envuelve es como renacer en cada instante.

Los grandes tamaños de las obras hacen que el artista se crezca.

El dibujo requiere una gran dedicación.
Su conquista es como ir penetrando adentro de uno;
paso a paso
se va decantando:
la Fuerza y la Fe en uno mismo son importantes.

Cada obra necesita nuevo aliento.
La escultura está en la calle,
de un movimiento de un individuo o del colectivo
puede nacer un gran proyecto: es el mundo de las ideas.

Lo maravilloso de la mente
es
que puede ver o sentir lo que quiere.
Pueden ser también monstruosidades,
lo que vale
es la luz
que arroje cada uno sobre los demás.

El arte
aspira a transmitir la expresión y el contenido de las cosas,
es como un ente orgánico con arterias que se bifurcan hasta el infinito.
Por allí pasan las ideas,
los sentimientos
y las emociones.

Los conocimientos y el arte

Entiendo que el conocimiento es fundamental.
El sueño de la razón
crea monstruos,
como dice Goya en uno de sus grabados.
El arte requiere buscar una Verdad
que está en nosotros
a veces demasiado oculta
y que sólo se encuentra
si al conocimiento unimos la intuición
y una imprescindible fuerza interior.

No se puede pintar el Ávila sin pintar el Universo.

Cada día es diferente
y siempre semejante a si mismo.
Un rostro es igual.
Siempre se baña de una nueva luz
y así todas las cosas.

La abstracción en la figuración es fundamental,
los colores y sus combinaciones son el camino.

La escultura es también abstracción del espacio en relación con el cuerpo,
en donde la medida es como en el dibujo.
Concibo el dibujo como una abstracción,
es la combinación de la medida en el todo y en la parte.

Para pintar un objeto negro,
si es de terciopelo,
los colores y sus combinaciones no serán los mismos
que para pintar una tela de raso, también negra.

Las obras de un artista son como las cenizas de una combustión.

Se ha definido el arte
como el 90% de transpiración
y el 10% de inspiración.
Está todo dicho:
sobre el trabajo se sustenta la obra.

En la vida
la manera de moverse un organismo está registrada en el inconsciente.
Es algo abstracto.
Las alas de un pájaro se mueven en el viento
de la misma manera que las aletas del pez en el agua.

Mi manera de vivir está relacionada con las distintas etapas de mi arte.
La transición entre una y otra
es una especie de vacío necesario.

De la actitud mística y el arte

La obra respira,
si no,
puede decirse que no ha nacido.
La emoción de la escultura
está en relación con el espacio,
pues son la misma cosa.

Miguel Ángel decía que la escultura está dentro del bloque de piedra:
sólo falta quitarle lo que sobra.
Así, el espacio se irá metiendo a través del trabajo.

El dibujo es el punto de apoyo de la pintura y de la escultura,
pero también en si mismo es autosuficiente.
Algún discípulo preguntó a Tintoretto qué hacía falta para ser pintor.
"¡Dibujar", respondió
"¿Y después?"
"¡Seguir dibujando!"

Cada obra es algo nuevo,
lo ilimitado de la mente es algo maravilloso.
El arte aspira a transmitir la expresión
y el contenido de las cosas.

El artista ha de está dotado para dar lo mejor de si mismo.

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